En el trópico, beber se convierte en una necesidad perentoria. En Europa, cuando se encuentran dos personas, se saludan diciendo: "¡Hola!, ¿qué tal?" En el trópico el saludo es muy distinto. Suena así: "¿Qué vas a tomar?" Aunque también se beba durante el día, el beber verdadero, obligado, metódico, empieza con la puesta de sol, cuando se sabe que pronto se hará de noche, y la noche aguarda agazapada acechando al osado que pretenda desdeñar el alcohol.
La noche tropical es un aliado incondicional de las fábricas de whisky, coñac, cerveza y toda clase de licores y aguardientes. A todo aquel que no contribuya al aumento de las ganancias de las destilerías lo combate y lo vence la noche esgrimiendo su mejor arma: el insomnio. El insomnio es siempre agotador, pero en el trópico puede llegar a ser mortal.
(...)
La persona se siente derrotada e inútil como una zapatilla vieja. Apagada, aplastada, inerte. La atormentan añoranzas extrañas, nostalgias inexplicables, pesimismos lúgubres. Espera que se acabe el día, que se acabe la noche, ¡que todo se acabe de una puñetera vez!
Y, ¿cómo no?, bebe. Bebe contra la noche, contra la dezesperanza, contra la inmundicia de la cloaca de su destino. Es la única batalla que es capaz de dar.
(Ryszard Kapuściński, La Guerra del Fútbol, "Hotel Metropol")
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